Hay una pregunta que llevo años haciéndome: ¿qué ocurre cuando un alumno llega a casa, abre su partitura y no sabe cómo continuar?
Durante años he trabajado con distintas agrupaciones musicales, pero posiblemente uno de los proyectos que más me ha hecho reflexionar sobre la enseñanza de la música ha sido la banda infantil.
Una banda infantil tiene unas características muy particulares. Muchos de sus integrantes apenas llevan un año estudiando su instrumento. Otros, en cambio, tienen algo más de experiencia e incluso comienzan a formar parte de la banda juvenil.
Esta diferencia de niveles, que inicialmente podría parecer una dificultad, también representa una oportunidad pedagógica.
Desde hace tiempo, una de las bases de nuestro funcionamiento ha sido precisamente aprovechar esa diversidad. Los músicos con más experiencia ayudan a quienes acaban de incorporarse. De esta manera, los mayores asumen nuevas responsabilidades, los pequeños encuentran referentes cercanos y se establece una conexión natural entre las distintas agrupaciones.
Pero había otro problema que resultaba mucho más difícil de resolver: el trabajo individual fuera del ensayo.
El problema no siempre es la falta de estudio
Cuando hablamos de las dificultades de una banda infantil, solemos pensar en cuestiones como la lectura musical, la técnica instrumental, el ritmo o la afinación.
Sin embargo, uno de los problemas que he observado es que muchos alumnos no saben cómo estudiar correctamente en casa.
Y es comprensible.
Imaginemos a un niño que lleva apenas unos meses tocando el clarinete, la trompeta o el oboe. Durante el ensayo tiene al director, a sus compañeros y una referencia sonora constante. Pero cuando llega a casa, se encuentra solo ante una partitura.
¿A qué velocidad debe tocar? ¿Está interpretando correctamente el ritmo? ¿Cómo debería sonar su parte dentro de toda la agrupación? ¿Qué hace si encuentra una nota que no recuerda cómo tocar?
Si además sus padres no tienen conocimientos musicales, muchas de esas dudas quedan sin resolver hasta la siguiente clase.
Durante mucho tiempo, una de las soluciones que utilicé fueron las videopartituras o videoscores.
El procedimiento era relativamente sencillo. Preparaba las obras en Sibelius, generaba un audio con todos los instrumentos de la banda y creaba un vídeo en el que la partitura avanzaba mientras sonaba la música.
Después subía estos vídeos a YouTube y, mediante códigos QR, los alumnos podían acceder a ellos desde sus casas.
Así, cada músico podía interpretar su parte mientras escuchaba el conjunto de la banda.
Los resultados comenzaron a llamarme la atención.
En mi experiencia, aquellos alumnos que utilizaban habitualmente las videopartituras mostraban una mejora considerable en su interpretación, tanto en la seguridad rítmica como en la continuidad y comprensión musical.
Además, aparecía otro elemento fundamental: la motivación.
Para muchos de ellos resultaba más atractivo tocar acompañados por el sonido de toda una banda que enfrentarse únicamente a una partitura impresa.
No se trataba de sustituir la lectura tradicional, sino de ofrecer una herramienta complementaria que ayudara a comprender mejor aquello que estaban estudiando.
Y, sobre todo, de facilitar que quisieran volver a tocar.
Una idea que llevaba años dando vueltas
Aunque las videopartituras funcionaban, también tenían limitaciones.
Desde hacía tiempo quería que los alumnos pudieran modificar libremente la velocidad de interpretación, repetir pasajes y trabajar con una partitura que respondiera a sus necesidades individuales.
No bastaba con reproducir un vídeo más rápido o más lento. Lo que imaginaba era una partitura verdaderamente interactiva, capaz de mantener sincronizados el audio y la lectura musical, pero dejando que cada estudiante pudiera avanzar a su propio ritmo.
La idea estaba ahí, pero no tenía las herramientas necesarias para desarrollarla de la manera que quería.
Hasta que una circunstancia familiar terminó cambiando las cosas.
Todo empezó con un oboe
Hace poco mi hija comenzó a estudiar oboe.
Como músico, podía ayudarla con determinadas cuestiones: comprobar ritmos, corregir notas, trabajar la lectura o escuchar si estaba afinando correctamente.
Sin embargo, había algo con lo que no podía ayudarla con la misma seguridad: las digitaciones.
Yo no soy oboísta.
Y, como cualquier alumno que empieza, mi hija tenía dudas sobre determinadas posiciones de los dedos.
Entonces pensé en crear una pequeña herramienta que le permitiera seleccionar una nota y visualizar cómo debía colocar los dedos en el instrumento.
Pero quería ir un poco más allá.
¿Y si, además de mostrarle la digitación, la aplicación pudiera escuchar el sonido que estaba produciendo e indicarle si la nota era correcta y cómo estaba afinada?
Así nació la primera versión de la herramienta: un sistema de consulta de posiciones acompañado de un afinador.
Una ayuda para resolver pequeñas dudas sin necesidad de esperar a la siguiente clase.
Y mientras lo desarrollaba apareció una pregunta que me pareció mucho más importante.
Si esto nos resulta útil en casa, teniendo conocimientos musicales, ¿cuánto podría ayudar a una familia en la que nadie sabe tocar un instrumento?
Ahí comprendí que el proyecto podía tener mucho más recorrido.
De una herramienta para oboe a una aplicación para la banda
La siguiente pregunta fue inevitable: ¿por qué limitarlo al oboe?
A partir de ahí comencé a ampliar el sistema, incorporando una base de datos de digitaciones y posiciones de los distintos instrumentos.
La intención era que cualquier alumno pudiera consultar cómo se realiza una nota, visualizar su posición y disponer de una referencia de afinación.
Pero entonces recuperé aquella idea que había tenido años atrás con las videopartituras.
¿Y si pudiera reunirlo todo en un mismo lugar?
Una partitura que avanzara sincronizada con la música. Un reproductor que permitiera modificar la velocidad. La posibilidad de detenerse en un pasaje y repetirlo. Y, sobre todo, algo que me parecía especialmente interesante: que el alumno pudiera pulsar directamente sobre una nota de la partitura y consultar su digitación.
Eso es lo que he estado desarrollando.
Una nueva herramienta dentro de Cre@Band, que reúne la reproducción de partituras interactivas, el acompañamiento musical, la consulta de posiciones instrumentales y la afinación.
No pretende sustituir al profesor, al ensayo ni al estudio individual. Todo lo contrario: pretende ayudar a que ese estudio sea más autónomo, comprensible y eficaz.
Porque, en realidad, el problema que intentaba resolver nunca fue tecnológico.
Era pedagógico.
El otro gran problema: ¿qué música pueden tocar?
Todo este proceso también está relacionado con otra dificultad que encontramos quienes dirigimos bandas infantiles: el repertorio.
Cuando trabajamos con músicos que apenas llevan uno o dos años estudiando, no siempre resulta sencillo encontrar obras adaptadas a sus posibilidades reales.
Y no hablo únicamente de partituras técnicamente fáciles.
Hablo de música que tenga sentido, que permita trabajar determinados contenidos, que motive a los alumnos y que les haga sentir que forman parte de un verdadero proyecto artístico.
Por eso, hace años comenzamos a crear nuestras propias suites para banda infantil.
Cada curso desarrollamos un proyecto musical a partir de una temática, incorporando ideas, propuestas e inquietudes que surgen de los propios músicos.
Lo que comenzó como una forma de resolver una necesidad de repertorio ha ido convirtiéndose en un proyecto pedagógico y creativo que ya ronda las siete suites.
Y ahora aparece una nueva posibilidad.
Mi intención es recuperar progresivamente todas esas obras y acompañarlas de materiales interactivos que permitan a los alumnos estudiarlas desde casa.
De esta forma, no solo estaremos ampliando el repertorio disponible para bandas infantiles. También estaremos proporcionando herramientas para facilitar su preparación.
Y eso puede resultar especialmente útil para los directores de estas agrupaciones, que, más allá del trabajo puramente artístico, desempeñamos una labor fundamentalmente docente: enseñar a hacer música en conjunto.
Una decisión importante: el acceso debe ser gratuito
Durante el desarrollo de la aplicación, varias personas me han planteado la posibilidad de comercializarla.
Es una opción razonable. Desarrollar una herramienta de estas características exige tiempo, trabajo y recursos.
Sin embargo, después de darle muchas vueltas, he llegado a una conclusión.
Quiero que el acceso a la aplicación y a sus herramientas de aprendizaje sea gratuito.
Creo que consultar una digitación, utilizar un afinador o disponer de recursos que ayuden a resolver dificultades básicas no debería depender de la capacidad económica de una familia.
Otra cuestión diferente son los materiales musicales.
Detrás de cada suite, cada composición y cada adaptación hay muchas horas de creación, edición y trabajo pedagógico. Por eso, mi intención es poner a la venta las partituras y los materiales editoriales correspondientes, mientras mantengo el acceso libre a las herramientas de apoyo.
Me parece una manera coherente de conciliar dos principios: facilitar el aprendizaje y reconocer el valor del trabajo creativo.
La tecnología no debería alejarnos de la música
Vivimos un momento en el que las herramientas digitales están transformando numerosos ámbitos de nuestra vida.
La educación musical no puede permanecer al margen de esos cambios.
Esto no significa que debamos abandonar las metodologías tradicionales ni que todo lo nuevo sea necesariamente mejor.
Aprender a tocar un instrumento sigue requiriendo esfuerzo, constancia, escucha, paciencia y una relación cercana con el profesor.
Pero creo que deberíamos preguntarnos si estamos aprovechando todas las posibilidades que tenemos a nuestro alcance.
Todavía recuerdo mis primeros años estudiando música. Cuando encontraba una dificultad que no sabía resolver, muchas veces tenía que esperar a la siguiente clase para preguntar al profesor.
Hoy tenemos la oportunidad de reducir parte de esa espera.
Y eso puede marcar una diferencia importante.
Porque una duda resuelta a tiempo permite continuar estudiando. Una dificultad que se prolonga durante días puede terminar convirtiéndose en frustración o desmotivación.
La tecnología no debería servir para que los niños pasen más tiempo delante de una pantalla, sino para que puedan dedicar más tiempo a hacer música.
Esa es, al menos, la filosofía que hay detrás de este proyecto.
Ahora necesito vuestra opinión
Después de todo este recorrido, la aplicación ya ha tomado forma, pero no considero que sea un proyecto terminado.
Al contrario. Creo que ahora comienza una de sus etapas más interesantes.
Me gustaría que otros profesores, directores de bandas infantiles y juveniles, estudiantes y familias pudieran probarla.
Que comprobaran cómo funcionan las digitaciones, el afinador y las partituras interactivas.
Que me dijeran qué les resulta útil, qué mejorarían, qué dificultades encuentran y qué herramientas echan en falta.
Porque, si algo he aprendido durante estos años trabajando con músicos que comienzan, es que las mejores ideas educativas no siempre aparecen sobre el papel.
Muchas veces nacen de observar, escuchar y tratar de resolver los problemas que encontramos cada día en nuestras aulas y ensayos.
Así nació esta herramienta.
Y me gustaría que siguiera creciendo de la misma manera: a partir de las necesidades reales de quienes enseñan y aprenden música.
Os invito a descubrir Cre@Band, probar la aplicación y compartir conmigo vuestra experiencia.
Quizá no podamos evitar todas las dificultades que aparecen cuando alguien empieza a estudiar un instrumento.
Pero sí podemos conseguir que algunas de ellas sean un poco más fáciles de superar.
Javier Pinto
Director, compositor, musicólogo y pedagogo
De la reflexión a la práctica
Prueba Cre@Band y cuéntame.
Explora las digitaciones, el afinador y las partituras interactivas. El acceso es gratuito; para entrar a la aplicación necesitas una cuenta.